En la tele, todos los días...

Hola. No sé si a alguien mas le ha pasado algo parecido, pero llevo varios días de hartazgo generalizado con las noticias. Mi nivel de aguante y frustración ante el inmenso dolor ajeno que describen creo que está tocando techo.
Según mi marido, que es del ramo, en Periodismo te enseñan que el que un hombre muerda a un perro es noticia, y no a la inversa. Y por otro, que si te topas de frente con una desgracia, primero tires la foto o grabes la escena y después llames al 112 y eches una mano. Por eso dice que en su caso, no tendría estómago para ser corresponsal de guerra.
Y yo le pregunto: ¿hasta qué punto es necesario, aparte de informar sobre la atrocidad en cuestión, que es deber informativo, mostrar el cuerpo mutilado o los últimos segundos de vida de un ser humano al mundo occidental, cómodamente repanchingado en su sofá? ¿Acaso lo entenderán? ¿Acaso no seguirán sorbiendo plácidamente el café, pensando en la hipoteca o las próximas vacaciones?
Y él me dice que precisamente en esas fotos, esos gritos, esos llantos, esas imágenes del telediario que acompañan nuestra sobremesa y nos revuelven las entrañas, está la denuncia de una situación injusta, que debe ser mostrada al mundo, para crear con(s)ciencia.
Tiene una función social... ¿Quién no recuerda la imagen de aquella niña vietnamita corriendo con medio cuerpo en carne viva por el napalm, metáfora misma del sufrimiento de la población civil en aquella carnicería? Algo parecido sucede con las fotos de Abu Ghraib, las ejecuciones en China, el genocidio de Ruanda, los cayucos y un largo etcétera.
Sin embargo, permitidme ser algo pesimista respecto a la utilidad de mostrar TODO el horror. Creo que nos hemos inmunizado o acostumbrado a ver/oír todos los días tal cantidad de violencia y crueldad que no nos conmueve ya. Forma una parte mas del día a día.
Precisamente sobre este asunto trataba el ensayo Ante el dolor de los demás: Los horrores de la guerra y sus representaciones fotográficas de la genial Susan Sontag, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2003, y que tristemente falleció un año mas tarde. Un ensayo, breve pero abrumador, de un gran humanismo. Recuerdo que me lo leí en dos días. Uno de esos libros que no importa volver a releer, porque nunca pierden vigencia.
Opino como ella, francamente, cuando dice:
¿Quién cree en la actualidad que se puede abolir la guerra? Nadie, ni siquiera los pacifistas. Sólo aspiramos (en vano hasta ahora) a
impedir el genocidio, a presentar ante la justicia a los que violan gravemente las leyes de la guerra (pues la guerra tiene sus leyes, y los combatientes deberían atenerse a ellas), y a ser capaces de impedir guerras específicas imponiendo alternativas negociadas al conflicto armado. (...)¿Hay un antídoto a la perenne seducción de la guerra? ¿Y es más posible que esta pregunta se la formule una mujer que un hombre? (Probablemente sí.). ¿Podemos llegar a movilizarnos activamente en contra de la guerra por una imagen (o un conjunto de imágenes) (...)? Una narración parece con toda probabilidad más eficaz que una imagen. (...)
"Nosotros (y este "nosotros" es todo aquel que nunca ha vivido nada semejante a lo padecido por ellos) no entendemos. No nos cabe pensarlo. En verdad no podemos imaginar cómo fue aquello. No podemos imaginar lo espantosa, lo aterradora que es la guerra; y cómo se convierte en normalidad. (...)Es lo que cada soldado, cada periodista, cooperante y observador independiente que ha pasado tiempo bajo el fuego, y ha tenido la suerte de eludir la muerte que ha fulminado a otros a su lado, siente con terquedad. Y tiene razón.

